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Desagravio a los monos 

Cuesta entender a esta altura de los tiempos, cumplido ya un cuarto del nuevo siglo, ante el avance revolucionario del conocimiento y de las ciencias gracias a la tecnología y la inteligencia arti...

Cuesta entender a esta altura de los tiempos, cumplido ya un cuarto del nuevo siglo, ante el avance revolucionario del conocimiento y de las ciencias gracias a la tecnología y la inteligencia artificial, con sobradas evidencias documentales y científicas, que el mono sea utilizado y aceptado como símbolo de racismo y discriminación. Desde enero, parte de la atención pública en Brasil y la Argentina estuvo marcada por el caso de Agostina Páez, la argentina que estuvo a punto de ir presa por racismo. La abogada les hizo gestos imitando a un mono a empleados de un bar de Ipanema que le habían cobrado de más y tenido actitudes obscenas. Algo así como que ella les quiso decir “son unos monos de mierda”, intentando de esta manera descalificarlos, ponerlos en el lugar de animales inferiores y salvajes. Los brasileños se ofendieron por esa comparación e hicieron la denuncia. Curiosidades de un país que hace culto y tiene gran conciencia del cuidado ambiental y donde viven, en el Amazonas, más de trescientas especies de primates, de distintos tamaños, formas y colores, con inteligencias notables, especialmente la de los monos capuchinos, macacos y babuinos. Son estudiados y admirados por científicos de todo el mundo. Sin embargo, a ellos todos los días los humanos racistas (esto si está probado) les destruyen sus hábitats con imparables desforestaciones, sus comederos naturales, dejan a sus crías huérfanas o muertas, los cazan para la venta ilegal, todo por negocios, por la ambición de ganar dinero (esto también está probado).

El 12 de abril se publicó una nota de José Claudio Escribano en la cual, con mucho tino, revalorizó al mono en ese conflicto, explicando las afinidades con el ser humano y el protagonismo que ha tenido acompañando al hombre en su desarrollo y en la propia relación entre Brasil y la Argentina. Quiero ir un paso más allá. ¿Desde cuándo el mono es símbolo de racismo? ¿Por qué ambos contendientes, de una disputa menor de la vida cotidiana, discriminaron al mono creyéndose superiores cuando desde Charles Darwin el ser humano se acepta a sí mismo como parte de esa especie animal, de ser de su familia? De hecho, genéticamente tenemos un 85% de compatibilidad con ellos. Si en vez de imitar a un mono, la abogada argentina hubiese gesticulado la trompa de un elefante, ¿se hubiese extinguido el acto racista?

Ese gesto recíproco de intento de agresiones mutuas que llegaron a la Justica la que, además, le da identidad al mono como símbolo racista, expresa esa clásica soberbia humana de instalarse en un podio de superioridad por sobre cualquier otro ser vivo. Hay toneladas de informes, evidencias documentales, comprobaciones científicas, de que los animales tienen grados de sensibilidad e inteligencia diferenciados al del de los humanos o muy superiores. Por caso, los leones pueden ver de noche hasta ocho veces más que el humano y tienen oídos que escuchan a una distancia de diez kilómetros. O las medusas que generan y emiten luz y destellos propios en el océano de increíble oscuridad. Los elefantes con sentimientos similares a los nuestros, lloran y velan a sus muertos, los acompañan hasta el fin de sus días, y sufren depresiones.

Jane Goodall, la británica célebre primatóloga y etóloga, estudió por más de 60 años a los chimpancés, conviviendo con ellos en Tanzania. Demostró que fabricaban y utilizaban herramientas para alimentarse de termitas: su hallazgo derrumbó la idea de que esas habilidades eran algo exclusivo del hombre, y catalogó de otra manera la definición de “ser humano” en la antropología. También Jane documentó la caza cooperativa mostrando comportamientos complejos de coordinación social. Sus estudios revelaron que los chimpancés poseen jerarquías sociales elaboradas, alianzas políticas entre machos, relaciones madre-cría muy prolongadas, conductas de empatía, adopción y consuelo. Esto acercó enormemente la comprensión del comportamiento chimpancé al humano.

Otro científico referente del estudio de los monos es el neerlandés Frans de Waal, quien revolucionó la comprensión del comportamiento animal mostrando que los primates poseen inteligencia y estructuras sociales complejas comparables a las humanas. Su aporte principal fue derribar la idea de que las emociones y la moralidad son exclusivas de nuestra especie. Demostró que los monos desarrollan afinidad, reconciliación, sentido de justicia y cooperación.

La Justicia también hizo importantes aportes. Por ejemplo, la Argentina ha avanzado en una línea interpretativa que reconoce a ciertos animales, tal los casos de la orangután Sandra o la chimpancé Cecilia, como seres sintientes y, en algunos fallos, los calificó como sujetos de derecho no humanos. Estos casos han abierto una discusión profunda sobre el modo en que entendemos la sensibilidad, el sufrimiento y el valor moral de vidas tradicionalmente invisibilizadas. Los fallos que reconocen a los monos como seres sintientes lleva a dejar de pensar a la animalidad como degradación, obligan a mirar a los primates bajo una luz ética. El caso de Páez es un claro ejemplo de cómo esa misma animalidad es usada para humillar. Que los monos sean sujetos de derecho, y que a la vez sean usados como insulto racial, revela las limitaciones humanas. Ejemplos como el caso de Páez y películas como King-Kong y El Planeta de los simios, donde se muestran a los monos como seres agresivos y asesinos, no representan más que una proyección de cómo el humano se ha comportado a lo largo de su historia, y lo sigue haciendo.

Por eso, defender al mono es más que defender a un animal. Se trata de un principio ético que rechaza la degradación en todas sus formas. Los primates son seres sensibles, esenciales para la vida en lugares como el Amazonas, y símbolos de nuestra propia evolución. Usarlos como insulto no solo perpetúa el racismo, sino que contradice el camino jurídico y moral que hemos empezado a recorrer. El desafío es doble: proteger a los animales como sujetos de derecho y erradicar la animalidad como herramienta de humillación. Porque ni los monos son “cosas”, ni las personas deben ser reducidas a ello para ser despojadas de su dignidad.

Periodista y escritor

Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/desagravio-a-los-monos-nid18042026/

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